ORACION PARA LA SANTIFICACION DE LOS SACERDOTES
Oh Jesús que has instituido el sacerdocio para continuar en la tierra la obra divina de salvar a las almas, protege a tus sacerdotes en el refugio de tu Sagrado Corazón. Guarda sin mancha sus manos consagradas que diariamente tocan tu Sagrado Cuerpo, y conserva puros sus labios teñidos con tu Preciosa Sangre. Haz que se preserven puros sus corazones, marcados con el sello sublime del sacerdocio, y no permitas que el espíritu del mundo los contamine. Aumenta el número de tus apóstoles, y que santo amor los proteja de todo peligro. Bendice sus trabajos y fatigas, y que como fruto de su apostolado obtengan la salvación de muchas almas que sean su consuelo aquí en la tierra y su corona eterna en el cielo. Amén
Santa Teresita
lunes, 19 de abril de 2010
JUAN PABLO II a MARÍA INMACULADA
Plegaria de S.S. Juan Pablo II a la Inmaculada Concepción
"Establezco hostilidades entre ti y la mujer... ella te herirá en la cabeza" (Gen 3, 15).
Estas palabras pronunciadas por el Creador en el jardín del Edén, están presentes en la liturgia de la fiesta de hoy. Están presentes en la teología de la Inmaculada Concepción. Con ellas Dios ha abrazado la historia del hombre en la tierra después del pecado original:
"hostilidad": lucha entre el bien y el mal, entre la gracia y el pecado.
Esta lucha colma la historia del hombre en la tierra, crece en la historia de los pueblos, de las naciones, de los sistemas y, finalmente de toda la humanidad.
Esta lucha alcanza, en nuestra época, un nuevo nivel de tensión.
La Inmaculada Concepción no te ha excluido de ella, sino que te ha enraizado aún más en ella.
Tú, Madre de Dios, estás en medio de nuestra historia. Estás en medio de esta tensión.
Venimos hoy, como todos los años, a Ti, Virgen de la Plaza de España, conscientes más que nunca de esa lucha y del combate que se desarrolla en las almas de los hombres, entre la gracia y el pecado , entre la fe y la indiferencia e incluso el rechazo de Dios.
Somos conscientes de estas luchas que perturban el mundo contemporáneo. Conscientes de esta "hostilidad" que desde los orígenes te contrapone al tentador, a aquel que engaña al hombre desde el principio y es el "padre de la mentira", el "príncipe de las tinieblas" y, a la vez, el "príncipe de este mundo" (Jn 12, 31).
Tú, que "aplastas la cabeza de la serpiente", no permitas que cedamos.No permitas que nos dejemos vencer por el mal, sino que haz que nosotros mismos venzamos al mal con el bien.Oh, , Tú, victoriosa en tu Innmaculada Concepción, victoriosa con la fuerza de Dios mismo, con la fuerzaz de la gracia.Mira que se inclina ante Ti Dios Padre Eterno.Mira que se inclina ante Ti el Hijo, de la mima naturaleza que el Padre, tu Hijo crucificado y resucitado.Mira que te abraza la potencia del Altísimo: el Espíritu Santo, el Fautor de la Santidad.La heredad del pecado es extraña a Ti.Eres "llena de gracia".Se abre en Ti el reino de Dios mismo.Se abre en Ti el nuevo porvenir del hombre, del hombre redimido, liberado del pecado.Que este porvenir penetre, como la luz del Adviento, las tinieblas que se extienden sobre la tierra, que caen sobre los corazones humanos y sobre las consciencias.¡Oh Inmaculada!"Madre que nos conoces, permanece con tus hijos".Amén.
Plaza de España, 8 de diciembre de 1984
"Establezco hostilidades entre ti y la mujer... ella te herirá en la cabeza" (Gen 3, 15).
Estas palabras pronunciadas por el Creador en el jardín del Edén, están presentes en la liturgia de la fiesta de hoy. Están presentes en la teología de la Inmaculada Concepción. Con ellas Dios ha abrazado la historia del hombre en la tierra después del pecado original:
"hostilidad": lucha entre el bien y el mal, entre la gracia y el pecado.
Esta lucha colma la historia del hombre en la tierra, crece en la historia de los pueblos, de las naciones, de los sistemas y, finalmente de toda la humanidad.
Esta lucha alcanza, en nuestra época, un nuevo nivel de tensión.
La Inmaculada Concepción no te ha excluido de ella, sino que te ha enraizado aún más en ella.
Tú, Madre de Dios, estás en medio de nuestra historia. Estás en medio de esta tensión.
Venimos hoy, como todos los años, a Ti, Virgen de la Plaza de España, conscientes más que nunca de esa lucha y del combate que se desarrolla en las almas de los hombres, entre la gracia y el pecado , entre la fe y la indiferencia e incluso el rechazo de Dios.
Somos conscientes de estas luchas que perturban el mundo contemporáneo. Conscientes de esta "hostilidad" que desde los orígenes te contrapone al tentador, a aquel que engaña al hombre desde el principio y es el "padre de la mentira", el "príncipe de las tinieblas" y, a la vez, el "príncipe de este mundo" (Jn 12, 31).
Tú, que "aplastas la cabeza de la serpiente", no permitas que cedamos.No permitas que nos dejemos vencer por el mal, sino que haz que nosotros mismos venzamos al mal con el bien.Oh, , Tú, victoriosa en tu Innmaculada Concepción, victoriosa con la fuerza de Dios mismo, con la fuerzaz de la gracia.Mira que se inclina ante Ti Dios Padre Eterno.Mira que se inclina ante Ti el Hijo, de la mima naturaleza que el Padre, tu Hijo crucificado y resucitado.Mira que te abraza la potencia del Altísimo: el Espíritu Santo, el Fautor de la Santidad.La heredad del pecado es extraña a Ti.Eres "llena de gracia".Se abre en Ti el reino de Dios mismo.Se abre en Ti el nuevo porvenir del hombre, del hombre redimido, liberado del pecado.Que este porvenir penetre, como la luz del Adviento, las tinieblas que se extienden sobre la tierra, que caen sobre los corazones humanos y sobre las consciencias.¡Oh Inmaculada!"Madre que nos conoces, permanece con tus hijos".Amén.
Plaza de España, 8 de diciembre de 1984
miércoles, 14 de abril de 2010
BUENA NOTICIA

…”La Buena Noticia se convierte en mala noticia cuando es anunciada sin paz ni alegría. Todo el que proclama el amor de Jesús, que perdona y cura, con un corazón amargado es un falso testigo.
Jesús es el salvador del mundo. Nosotros, no. Nosotros estamos llamados a dar testimonio, siempre con nuestra vida y, en ocasiones, con nuestras palabras, de las grandes cosas que Dios ha hecho en favor de nosotros. Ahora bien, ese testimonio debe proceder de un corazón dispuesto a dar sin recibir nada a cambio. Cuanto más confiemos en el amor incondicionado de Dios por nosotros, más capaces seremos de anunciar el amor de Jesús sin condiciones internas ni externas”…
Jesús es el salvador del mundo. Nosotros, no. Nosotros estamos llamados a dar testimonio, siempre con nuestra vida y, en ocasiones, con nuestras palabras, de las grandes cosas que Dios ha hecho en favor de nosotros. Ahora bien, ese testimonio debe proceder de un corazón dispuesto a dar sin recibir nada a cambio. Cuanto más confiemos en el amor incondicionado de Dios por nosotros, más capaces seremos de anunciar el amor de Jesús sin condiciones internas ni externas”…
sábado, 10 de abril de 2010
que son las INDULGENCIAS
El don de la Indulgencia
tomado de la Catequesis del Siervo de Dios Juan Pablo II
en la audiencia del 29 de septiembre de 1999
“…Se trata de un tema delicado, sobre el que no han faltado incomprensiones históricas, que han influido negativamente incluso en la comunión entre los cristianos. En el actual marco ecuménico, la Iglesia siente la exigencia de que ésta antigua práctica, entendida como expresión significativa de la misericordia de Dios, se comprenda y acoja bien. En efecto, la experiencia demuestra que a veces se recurre a las indulgencias con actitudes superficiales, que acaban por hacer inútil el don de Dios, arrojando sombra sobre las verdades y los valores propuestos por la enseñanza de la Iglesia.
2. El punto de partida para comprender la indulgencia es la abundancia de la misericordia de Dios, manifestada en la cruz de Cristo. Jesús crucificado es la gran «indulgencia» que el Padre ha ofrecido a la humanidad, mediante el perdón de las culpas y la posibilidad de la vida filial (cf. Jn 1, 12-13) en el Espíritu Santo (cf. Ga 4, 6; Rm 5, 5; 8, 15-16).
Ahora bien, este don, en la lógica de la alianza que es el núcleo de toda la economía de la salvación, no nos llega sin nuestra aceptación y nuestra correspondencia.
A la luz de este principio, no es difícil comprender que la reconciliación con Dios, aunque está fundada en un ofrecimiento gratuito y abundante de misericordia, implica al mismo tiempo un proceso laborioso, en el que participan el hombre, con su compromiso personal, y la Iglesia, con su ministerio sacramental. Para el perdón de los pecados cometidos después del bautismo, ese camino tiene su centro en el sacramento de la penitencia, pero se desarrolla también después de su celebración. En efecto, el hombre debe ser progresivamente «sanado» con respecto a las consecuencias negativas que el pecado ha producido en él (y que la tradición teológica llama «penas» y «restos» del pecado).
3. A primera vista, hablar de penas después del perdón sacramental podría parecer poco coherente. Con todo, el Antiguo Testamento nos demuestra que es normal sufrir penas reparadoras después del perdón. En efecto, Dios, después de definirse «Dios misericordioso y clemente, (...) que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado», añade: «pero no los deja impunes» (Ex 34, 6-7). En el segundo libro de Samuel, la humilde confesión del rey David después de su grave pecado le alcanza el perdón de Dios (cf. 2 S 12, 13), pero no elimina el castigo anunciado (cf. 2 S 12, 11; 16, 21). El amor paterno de Dios no excluye el castigo, aunque éste se ha de entender dentro de una justicia misericordiosa que restablece el orden violado en función del bien mismo del hombre (cf. Hb 12, 4-11).
En ese contexto, la pena temporal expresa la condición de sufrimiento de aquel que, aun reconciliado con Dios, esta todavía marcado por los «restos» del pecado, que no le permiten una total apertura a la gracia. Precisamente con vistas a una curación completa, el pecador está llamado a emprender un camino de purificación hacia la plenitud del amor.
En este camino la misericordia de Dios le sale al encuentro con ayudas especiales. La misma pena temporal desempeña una función de «medicina» en la medida en que el hombre se deja interpelar para su conversión profunda. Este es el significado de la «satisfacción» que requiere el sacramento de la penitencia.
4. El sentido de las indulgencias se ha de comprender en este horizonte de renovación total del hombre en virtud de la gracia de Cristo Redentor mediante el ministerio de la Iglesia. Tienen su origen histórico en la conciencia que tenía la Iglesia antigua de que podía expresar la misericordia de Dios mitigando las penitencias canónicas infligidas para la remisión sacramental de los pecados. Sin embargo, la mitigación siempre quedaba balanceada por compromisos, personales y comunitarios, que asumieran, como sustitución, la función «medicinal» de la pena.
Ahora podemos comprender el hecho de que por indulgencia se entiende «la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel, dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones, consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos» (Enchiridion indulgentiarum, Normae de indulgentiis, Librería Editora Vaticana 1999, p. 21; cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1471).
Así pues, existe el tesoro de la Iglesia, que se «distribuye» a través de las indulgencias. Esa «distribución» no ha de entenderse a manera de transferencia automática, como si se tratara de «cosas». Más bien, es expresión de la plena confianza que la Iglesia tiene de ser escuchada por el Padre cuando, —en consideración de los méritos de Cristo y, por su don, también de los de la Virgen y los santos— le pide que mitigue o anule el aspecto doloroso de la pena, desarrollando su sentido medicinal a través de otros itinerarios de gracia. En el misterio insondable de la sabiduría divina, este don de intercesión puede beneficiar también a los fieles difuntos, que reciben sus frutos del modo propio de su condición.
5. Se ve entonces como las indulgencias, lejos de ser una especie de «descuento» con respecto al compromiso de conversión, son más bien una ayuda para un compromiso más firme, generoso y radical. Este compromiso se exige de tal manera, que para recibir la indulgencia plenaria se requiere como condición espiritual la exclusión «de todo afecto hacia cualquier pecado, incluso venial» (Enchiridion indulgentiarum, p. 25).
Por eso, erraría quien pensara que puede recibir este don simplemente realizando algunas actividades exteriores. Al contrario, se requieren como expresión y apoyo del camino de conversión. En particular manifiestan la fe en la abundancia de la misericordia de Dios y en la maravillosa realidad de la comunión que Cristo ha realizado, uniendo indisolublemente la Iglesia a sí mismo como su Cuerpo y su Esposa.
tomado de la Catequesis del Siervo de Dios Juan Pablo II
en la audiencia del 29 de septiembre de 1999
“…Se trata de un tema delicado, sobre el que no han faltado incomprensiones históricas, que han influido negativamente incluso en la comunión entre los cristianos. En el actual marco ecuménico, la Iglesia siente la exigencia de que ésta antigua práctica, entendida como expresión significativa de la misericordia de Dios, se comprenda y acoja bien. En efecto, la experiencia demuestra que a veces se recurre a las indulgencias con actitudes superficiales, que acaban por hacer inútil el don de Dios, arrojando sombra sobre las verdades y los valores propuestos por la enseñanza de la Iglesia.
2. El punto de partida para comprender la indulgencia es la abundancia de la misericordia de Dios, manifestada en la cruz de Cristo. Jesús crucificado es la gran «indulgencia» que el Padre ha ofrecido a la humanidad, mediante el perdón de las culpas y la posibilidad de la vida filial (cf. Jn 1, 12-13) en el Espíritu Santo (cf. Ga 4, 6; Rm 5, 5; 8, 15-16).
Ahora bien, este don, en la lógica de la alianza que es el núcleo de toda la economía de la salvación, no nos llega sin nuestra aceptación y nuestra correspondencia.
A la luz de este principio, no es difícil comprender que la reconciliación con Dios, aunque está fundada en un ofrecimiento gratuito y abundante de misericordia, implica al mismo tiempo un proceso laborioso, en el que participan el hombre, con su compromiso personal, y la Iglesia, con su ministerio sacramental. Para el perdón de los pecados cometidos después del bautismo, ese camino tiene su centro en el sacramento de la penitencia, pero se desarrolla también después de su celebración. En efecto, el hombre debe ser progresivamente «sanado» con respecto a las consecuencias negativas que el pecado ha producido en él (y que la tradición teológica llama «penas» y «restos» del pecado).
3. A primera vista, hablar de penas después del perdón sacramental podría parecer poco coherente. Con todo, el Antiguo Testamento nos demuestra que es normal sufrir penas reparadoras después del perdón. En efecto, Dios, después de definirse «Dios misericordioso y clemente, (...) que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado», añade: «pero no los deja impunes» (Ex 34, 6-7). En el segundo libro de Samuel, la humilde confesión del rey David después de su grave pecado le alcanza el perdón de Dios (cf. 2 S 12, 13), pero no elimina el castigo anunciado (cf. 2 S 12, 11; 16, 21). El amor paterno de Dios no excluye el castigo, aunque éste se ha de entender dentro de una justicia misericordiosa que restablece el orden violado en función del bien mismo del hombre (cf. Hb 12, 4-11).
En ese contexto, la pena temporal expresa la condición de sufrimiento de aquel que, aun reconciliado con Dios, esta todavía marcado por los «restos» del pecado, que no le permiten una total apertura a la gracia. Precisamente con vistas a una curación completa, el pecador está llamado a emprender un camino de purificación hacia la plenitud del amor.
En este camino la misericordia de Dios le sale al encuentro con ayudas especiales. La misma pena temporal desempeña una función de «medicina» en la medida en que el hombre se deja interpelar para su conversión profunda. Este es el significado de la «satisfacción» que requiere el sacramento de la penitencia.
4. El sentido de las indulgencias se ha de comprender en este horizonte de renovación total del hombre en virtud de la gracia de Cristo Redentor mediante el ministerio de la Iglesia. Tienen su origen histórico en la conciencia que tenía la Iglesia antigua de que podía expresar la misericordia de Dios mitigando las penitencias canónicas infligidas para la remisión sacramental de los pecados. Sin embargo, la mitigación siempre quedaba balanceada por compromisos, personales y comunitarios, que asumieran, como sustitución, la función «medicinal» de la pena.
Ahora podemos comprender el hecho de que por indulgencia se entiende «la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel, dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones, consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos» (Enchiridion indulgentiarum, Normae de indulgentiis, Librería Editora Vaticana 1999, p. 21; cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1471).
Así pues, existe el tesoro de la Iglesia, que se «distribuye» a través de las indulgencias. Esa «distribución» no ha de entenderse a manera de transferencia automática, como si se tratara de «cosas». Más bien, es expresión de la plena confianza que la Iglesia tiene de ser escuchada por el Padre cuando, —en consideración de los méritos de Cristo y, por su don, también de los de la Virgen y los santos— le pide que mitigue o anule el aspecto doloroso de la pena, desarrollando su sentido medicinal a través de otros itinerarios de gracia. En el misterio insondable de la sabiduría divina, este don de intercesión puede beneficiar también a los fieles difuntos, que reciben sus frutos del modo propio de su condición.
5. Se ve entonces como las indulgencias, lejos de ser una especie de «descuento» con respecto al compromiso de conversión, son más bien una ayuda para un compromiso más firme, generoso y radical. Este compromiso se exige de tal manera, que para recibir la indulgencia plenaria se requiere como condición espiritual la exclusión «de todo afecto hacia cualquier pecado, incluso venial» (Enchiridion indulgentiarum, p. 25).
Por eso, erraría quien pensara que puede recibir este don simplemente realizando algunas actividades exteriores. Al contrario, se requieren como expresión y apoyo del camino de conversión. En particular manifiestan la fe en la abundancia de la misericordia de Dios y en la maravillosa realidad de la comunión que Cristo ha realizado, uniendo indisolublemente la Iglesia a sí mismo como su Cuerpo y su Esposa.
AÑO SACERDOTAL - INDULGENCIAS
INDULGENCIAS AÑO SACERDOTAL
BOLETIN N. 0328 - 12.05.2009
Omnibus fidelibus, denique, partialis conceditur Indulgentia, quoties ad sacerdotum conservationem in punritate et sanctitate vitae impetrandam, quinquies Pater, Ave et Gloria in honorem Sacr.mi Cordis Iesu devote recitaverint vel aliam ad hoc approbatam precem.
Praesenti durante Anno Sacerdotali valituro. Quibuscumque in contrarium facientibus non obstantibus.
Datum Romae, ex aedibus Paenitentiariae Apostolicae, die XXV mensis Aprilis, in festo S. Marci, Ev., anno Dominicae Incarnationis MMIX.
Iacobus Franciscus S. R .E. Card. Stafford
Paenitentiarius Maior
X Ioannes Franciscus Girotti, O. F. M. Conv.
Ep. Tit. Metensis, Regens
URBIS ET ORBIS
DECRETO
Particulares actos de piedad, a tenerse durante el Año Sacerdotal proclamado en honor de San Juan María Vianney, quedan enriquecidos con Sagradas Indulgencias.
Es ya inminente el día en el que vamos a conmemorar el 150 aniversario del pío tránsito al cielo de San Juan María Vianney, el Cura de Ars, que en el tierra fue un admirable modelo de pastor al servicio de la grey de Cristo.
Ya que su ejemplo es muy adecuado para incitar a los fieles – principalmente a los Sacerdotes – a la imitación de sus virtudes, el Sumo Pontífice Benedicto XVI ha establecido que, dada la circunstancia, se celebre en toda la Iglesia, desde el 19 de junio de 2009 hasta el 11 de 2010, un especial Año Sacerdotal, durante el cual los Sacerdotes refuercen siempre más y mejor su fidelidad a Cristo trámite meditaciones, ejercicios espirituales y otras obras según oportunidad.
Este sagrado periodo tendrá su comienzo con la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús – jornada de santificación sacerdotal – cuando el Sumo Pontífice celebrará las Vísperas delante de las reliquias de San Juan María Vianney, traídas a Roma por el Excmo. Obispo de Belley-Ars. Igualmente el Santo Padre cerrará el Año Sacerdotal en la Plaza de San Pedro, en presencia de sacerdotes provenientes de todo el mundo, quienes renovarán la fidelidad a Cristo y el vínculo de fraternidad.
Los Sacerdotes deben comprometerse, con oraciones y buenas obras, para obtener del Sumo y Eterno Sacerdote Jesucristo la gracia de responder con la Fe, la Esperanza, la Caridad y otras Virtudes y, de esta manera, muestren con su conducta y, también, con el aspecto exterior, el estar plenamente entregados al bien espiritual del pueblo; esto es, todo aquello que, sobre otras cosas, la Iglesia ha celosamente conservado.
Con el deseo de llegar al anhelado fin, será de gran ayuda el don de las Sagradas Indulgencias, que la Penitenciaría Apostólica, mediante el presente Decreto emitido en conformidad con el querer del Augusto Pontífice, benignamente concede durante el Año Sacerdotal:
BOLLETTINON. 0328; 12-05-2009
A.- A los Sacerdotes verdaderamente arrepentidos, que en cualquier día reciten devotamente Laudes o Vísperas delante del Santísimo Sacramento, expuesto a la pública adoración o en el sagrario y, a ejemplo de San Juan María Vianney, se ofrecerán con pronto y generoso ánimo a la celebración de los Sacramentos, sobre todo el de la Confesión, se les concede misericordiosamente la Indulgencia plenaria, que podrán aplicar a los sacerdotes difuntos como sufragio si, conforme a la normativa vigente, se confesarán y participarán a la Eucaristía, orando por las intenciones del Sumo Pontífice.
Igualmente se concede a los Sacerdotes la Indulgencia parcial, aplicable a los sacerdotes difuntos, cada vez que reciten devotamente las oraciones debidamente aprobadas para llevar una vida santa y para cumplir santamente las propias obligaciones.
B.- A todos los fieles, que, en una iglesia u oratorio, asistirán devotamente a la Santa Misa y dirigirán oraciones a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, a favor de los sacerdotes de la Iglesia y ofrecerán cualquier obra realizada ese día con el fin de que El los santifique y los plasme según su Corazón, se les concede la Indulgencia plenaria, a condición de haber expiado sus propios pecados con la penitencia sacramental y hayan rezado por las intenciones del Sumo Pontífice: En los días en que se abre y se cierra el Año Sacerdotal, en el día del 150 aniversario de la santa muerte de San Juan María Vianney, en el primer jueves del mes y en cualquier otro día establecido por los Ordinarios del lugar para utilidad de los fieles.
Será muy oportuno que en las catedrales y en las parroquias sean los mismos sacerdotes quienes cuiden pastoralmente estos ejercicios de piedad, celebrar la Santa Misa y confesar a los fieles.
A los ancianos, a los enfermos, y a quines por legítimos motivos no pueden salir de casa, teniendo el ánimo apartado del cualquier pecado y con la intención de cumplir cuanto antes las tres condiciones acostumbradas, en la propia casa o donde el impedimento le hace demorar, igualmente se les concede la Indulgencia plenaria si, en los días anteriormente determinados, rezarán por la santificación de los sacerdotes y ofrecerán con confianza a Dios por medio de la Reina de los Apóstoles, sus enfermedades y las incomodidades que consigo les lleva la vida.
Finalmente, se concede Indulgencia parcial a todos los fieles cada vez que reciten devotamente cinco Padrenuestro, Avemaría y Gloria u otra oración aprobada para tal ocasión, en honor del Sagrado Corazón de Jesús, con el fin de que los sacerdotes conserven la pureza y la santidad de vida.
La validez del presente Decreto es sólo durante el Año Sacerdotal. No obstante cualquier disposición contraria.
Dado en Roma, en el Sede de la Penitenciaría Apostólica, el 25 de abril, fiesta de San Marco Evangelista, en el año de la Encarnación del Señor 2009.
James Francis Card. Stafford
Penitenciero Mayor
+ Gianfranco Girotti, O.F.M. Conv.
Obispo Tit. de Meta Regente
BOLETIN N. 0328 - 12.05.2009
Omnibus fidelibus, denique, partialis conceditur Indulgentia, quoties ad sacerdotum conservationem in punritate et sanctitate vitae impetrandam, quinquies Pater, Ave et Gloria in honorem Sacr.mi Cordis Iesu devote recitaverint vel aliam ad hoc approbatam precem.
Praesenti durante Anno Sacerdotali valituro. Quibuscumque in contrarium facientibus non obstantibus.
Datum Romae, ex aedibus Paenitentiariae Apostolicae, die XXV mensis Aprilis, in festo S. Marci, Ev., anno Dominicae Incarnationis MMIX.
Iacobus Franciscus S. R .E. Card. Stafford
Paenitentiarius Maior
X Ioannes Franciscus Girotti, O. F. M. Conv.
Ep. Tit. Metensis, Regens
URBIS ET ORBIS
DECRETO
Particulares actos de piedad, a tenerse durante el Año Sacerdotal proclamado en honor de San Juan María Vianney, quedan enriquecidos con Sagradas Indulgencias.
Es ya inminente el día en el que vamos a conmemorar el 150 aniversario del pío tránsito al cielo de San Juan María Vianney, el Cura de Ars, que en el tierra fue un admirable modelo de pastor al servicio de la grey de Cristo.
Ya que su ejemplo es muy adecuado para incitar a los fieles – principalmente a los Sacerdotes – a la imitación de sus virtudes, el Sumo Pontífice Benedicto XVI ha establecido que, dada la circunstancia, se celebre en toda la Iglesia, desde el 19 de junio de 2009 hasta el 11 de 2010, un especial Año Sacerdotal, durante el cual los Sacerdotes refuercen siempre más y mejor su fidelidad a Cristo trámite meditaciones, ejercicios espirituales y otras obras según oportunidad.
Este sagrado periodo tendrá su comienzo con la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús – jornada de santificación sacerdotal – cuando el Sumo Pontífice celebrará las Vísperas delante de las reliquias de San Juan María Vianney, traídas a Roma por el Excmo. Obispo de Belley-Ars. Igualmente el Santo Padre cerrará el Año Sacerdotal en la Plaza de San Pedro, en presencia de sacerdotes provenientes de todo el mundo, quienes renovarán la fidelidad a Cristo y el vínculo de fraternidad.
Los Sacerdotes deben comprometerse, con oraciones y buenas obras, para obtener del Sumo y Eterno Sacerdote Jesucristo la gracia de responder con la Fe, la Esperanza, la Caridad y otras Virtudes y, de esta manera, muestren con su conducta y, también, con el aspecto exterior, el estar plenamente entregados al bien espiritual del pueblo; esto es, todo aquello que, sobre otras cosas, la Iglesia ha celosamente conservado.
Con el deseo de llegar al anhelado fin, será de gran ayuda el don de las Sagradas Indulgencias, que la Penitenciaría Apostólica, mediante el presente Decreto emitido en conformidad con el querer del Augusto Pontífice, benignamente concede durante el Año Sacerdotal:
BOLLETTINON. 0328; 12-05-2009
A.- A los Sacerdotes verdaderamente arrepentidos, que en cualquier día reciten devotamente Laudes o Vísperas delante del Santísimo Sacramento, expuesto a la pública adoración o en el sagrario y, a ejemplo de San Juan María Vianney, se ofrecerán con pronto y generoso ánimo a la celebración de los Sacramentos, sobre todo el de la Confesión, se les concede misericordiosamente la Indulgencia plenaria, que podrán aplicar a los sacerdotes difuntos como sufragio si, conforme a la normativa vigente, se confesarán y participarán a la Eucaristía, orando por las intenciones del Sumo Pontífice.
Igualmente se concede a los Sacerdotes la Indulgencia parcial, aplicable a los sacerdotes difuntos, cada vez que reciten devotamente las oraciones debidamente aprobadas para llevar una vida santa y para cumplir santamente las propias obligaciones.
B.- A todos los fieles, que, en una iglesia u oratorio, asistirán devotamente a la Santa Misa y dirigirán oraciones a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, a favor de los sacerdotes de la Iglesia y ofrecerán cualquier obra realizada ese día con el fin de que El los santifique y los plasme según su Corazón, se les concede la Indulgencia plenaria, a condición de haber expiado sus propios pecados con la penitencia sacramental y hayan rezado por las intenciones del Sumo Pontífice: En los días en que se abre y se cierra el Año Sacerdotal, en el día del 150 aniversario de la santa muerte de San Juan María Vianney, en el primer jueves del mes y en cualquier otro día establecido por los Ordinarios del lugar para utilidad de los fieles.
Será muy oportuno que en las catedrales y en las parroquias sean los mismos sacerdotes quienes cuiden pastoralmente estos ejercicios de piedad, celebrar la Santa Misa y confesar a los fieles.
A los ancianos, a los enfermos, y a quines por legítimos motivos no pueden salir de casa, teniendo el ánimo apartado del cualquier pecado y con la intención de cumplir cuanto antes las tres condiciones acostumbradas, en la propia casa o donde el impedimento le hace demorar, igualmente se les concede la Indulgencia plenaria si, en los días anteriormente determinados, rezarán por la santificación de los sacerdotes y ofrecerán con confianza a Dios por medio de la Reina de los Apóstoles, sus enfermedades y las incomodidades que consigo les lleva la vida.
Finalmente, se concede Indulgencia parcial a todos los fieles cada vez que reciten devotamente cinco Padrenuestro, Avemaría y Gloria u otra oración aprobada para tal ocasión, en honor del Sagrado Corazón de Jesús, con el fin de que los sacerdotes conserven la pureza y la santidad de vida.
La validez del presente Decreto es sólo durante el Año Sacerdotal. No obstante cualquier disposición contraria.
Dado en Roma, en el Sede de la Penitenciaría Apostólica, el 25 de abril, fiesta de San Marco Evangelista, en el año de la Encarnación del Señor 2009.
James Francis Card. Stafford
Penitenciero Mayor
+ Gianfranco Girotti, O.F.M. Conv.
Obispo Tit. de Meta Regente
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Indulgencias para el Año Sacerdotal
MEDITANDO el SANTO ROSARIO
ORACIÓN del SANTO ROSARIO.
MISTERIOS GOZOSOS:
1- La anunciación y encarnación del Hijo de Dios: “María dijo: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho.””
Señor, concédenos vivir la verdadera humildad.
2- La visitación de María a su prima santa Isabel: “María fue sin demora a la montaña y saludó a Isabel.”
Señor, concédenos verdadero amor al prójimo.
3- El Nacimiento de Jesús: “Dio a luz a su Hijo primogénito y lo acostó en un pesebre.”
Señor, danos pobreza de espíritu.
4- La presentación de Jesús en el Templo: “Lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley.”
Señor, ayúdanos a obedecer las leyes justas.
5- El niño Jesús, perdido y encontrado en el Templo: “Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en busca de él.”
Señor, que no te perdamos por un pecado mortal.
LUMINOSOS:
1- Bautismo en el Jordán: “Se oyó una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo, el Amado: éste es mi Elegido”.”
Señor, ayúdanos a escuchar tu presencia en la historia, seguirte y amarte siempre.
2- Autorrevelación de Jesús en las bodas de Caná: “La madre de Jesús le dijo: “No tienen vino”. Luego dijo a los sirvientes: “Hagan lo que Él les diga”.”
Señor, aumenta nuestra fe, que creamos que Vos podés transformar la realidad.
3- Anuncio del Reino de Dios e invitación a la conversión: “El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca. Cambien sus caminos y crean en la Buena Nueva.”
Señor, perdona nuestros pecados, conviértenos a Ti.
4- La Transfiguración: “Éste es mi Hijo, mi Elegido, escúchenlo.”
Señor, transforma nuestra vida, para vivir con Vos el gozo y el dolor.
5- Institución de la Eucaristía: “Como había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el extremo.”
Señor, gracias por tu Amor, por quedarte con nosotros.
DOLOROSOS:
1- La oración de Jesús en el huerto: “Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.”
Señor, danos verdadero dolor de nuestros pecados.
2- La flagelación: “Pilato mandó entonces azotar a Jesús.”
Señor, ayúdanos a moderar nuestros deseos..
3- La coronación de espinas: “Luego tejieron una corona de espinas, y la colocaron sobre su cabeza.”
Señor, frena nuestra soberbia.
4- Jesús carga con la cruz: “Cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado “del cráneo”, en hebreo “Gólgota”.”
Señor, ayúdanos a llevar pacientemente nuestra cruz.
5- La crucifixión y muerte de Jesús: “Jesús, con un grito, exclamó: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.”
Señor, que al morir te encomendemos nuestra alma.
GLORIOSOS:
1- La resurrección de Jesús: “Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí”.”
Señor, concédenos poder participar de tu gloria.
2- La Ascensión de Jesús al Cielo: “El Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios.”
Señor, concédenos morar eternamente en el cielo.
3- La venida del Espíritu Santo: “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo.”
Señor, ayúdanos a ser cristianos fieles y comprometidos.
4- La Asunción de la Virgen al Cielo: “¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo.”
María, sé nuestra Madre!
5- La coronación de María como Reina del Cielo y de la Tierra: “Una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza.”
María, que compartamos un día la corona de la vida eterna.
Rezar una Salve a María
Capellanía
MISTERIOS GOZOSOS:
1- La anunciación y encarnación del Hijo de Dios: “María dijo: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho.””
Señor, concédenos vivir la verdadera humildad.
2- La visitación de María a su prima santa Isabel: “María fue sin demora a la montaña y saludó a Isabel.”
Señor, concédenos verdadero amor al prójimo.
3- El Nacimiento de Jesús: “Dio a luz a su Hijo primogénito y lo acostó en un pesebre.”
Señor, danos pobreza de espíritu.
4- La presentación de Jesús en el Templo: “Lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley.”
Señor, ayúdanos a obedecer las leyes justas.
5- El niño Jesús, perdido y encontrado en el Templo: “Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en busca de él.”
Señor, que no te perdamos por un pecado mortal.
LUMINOSOS:
1- Bautismo en el Jordán: “Se oyó una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo, el Amado: éste es mi Elegido”.”
Señor, ayúdanos a escuchar tu presencia en la historia, seguirte y amarte siempre.
2- Autorrevelación de Jesús en las bodas de Caná: “La madre de Jesús le dijo: “No tienen vino”. Luego dijo a los sirvientes: “Hagan lo que Él les diga”.”
Señor, aumenta nuestra fe, que creamos que Vos podés transformar la realidad.
3- Anuncio del Reino de Dios e invitación a la conversión: “El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca. Cambien sus caminos y crean en la Buena Nueva.”
Señor, perdona nuestros pecados, conviértenos a Ti.
4- La Transfiguración: “Éste es mi Hijo, mi Elegido, escúchenlo.”
Señor, transforma nuestra vida, para vivir con Vos el gozo y el dolor.
5- Institución de la Eucaristía: “Como había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el extremo.”
Señor, gracias por tu Amor, por quedarte con nosotros.
DOLOROSOS:
1- La oración de Jesús en el huerto: “Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.”
Señor, danos verdadero dolor de nuestros pecados.
2- La flagelación: “Pilato mandó entonces azotar a Jesús.”
Señor, ayúdanos a moderar nuestros deseos..
3- La coronación de espinas: “Luego tejieron una corona de espinas, y la colocaron sobre su cabeza.”
Señor, frena nuestra soberbia.
4- Jesús carga con la cruz: “Cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado “del cráneo”, en hebreo “Gólgota”.”
Señor, ayúdanos a llevar pacientemente nuestra cruz.
5- La crucifixión y muerte de Jesús: “Jesús, con un grito, exclamó: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.”
Señor, que al morir te encomendemos nuestra alma.
GLORIOSOS:
1- La resurrección de Jesús: “Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí”.”
Señor, concédenos poder participar de tu gloria.
2- La Ascensión de Jesús al Cielo: “El Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios.”
Señor, concédenos morar eternamente en el cielo.
3- La venida del Espíritu Santo: “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo.”
Señor, ayúdanos a ser cristianos fieles y comprometidos.
4- La Asunción de la Virgen al Cielo: “¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo.”
María, sé nuestra Madre!
5- La coronación de María como Reina del Cielo y de la Tierra: “Una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza.”
María, que compartamos un día la corona de la vida eterna.
Rezar una Salve a María
Capellanía
Gruta de la ANUNCIACIÓN Nazareth 2003
En la Gruta de la Anunciación luego de Celebrar la Santa Misa en la Peregrinación - 2003
Casa de Santa Ana y San Joaquín ,Padres de la Sma Virgen María.-
Casa de Santa Ana y San Joaquín ,Padres de la Sma Virgen María.-
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BASILICA de la ANUNCIACIÓN- Nazareth
Santa Misa en el Santo Sepulcro 2003
En la Peregrinación a Tierra Santa en la Capilla lateral de los Custodios de Tierra Santa celebré con emoción la Santa Misa por todos ,en ese momento, los integrantes de la Misión de Paz (UN)en Chipre y por todos los que habiéndolos conocido se encomendaron a mi Oración.-


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SANTO SEPULCRO -JERUSALEN-2003
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